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El Trino Dios 
Citaciones del libro ya agotado por el erudito católico Edmund J. Fortman

TRADUCIDO POR DAVID GARCÍA   DE

THE TRIUNE GOD Edmund J Fortman

Si nosotros ponemos a los escritores del Nuevo Testamento juntos ellos nos dicen que hay un sólo Dios, el creador y Señor del universo que es el Padre de Jesús. Ellos llaman a Jesús el Hijo de Dios, el Mesías, Señor, Salvador, la Palabra, la Sabiduría. Ellos le asignan las funciones divinas de la creación, la salvación y el juicio. A veces explícitamente lo llaman Dios. No hablan tan clara y plenamente del Espíritu Santo como lo hacen con el Hijo, pero frecuentemente lo clasifica con el Padre y el Hijo y lo ponen en el mismo nivel con ellos hasta donde concierne su divinidad y personalidad. Ellos nos dan en sus escritos el triádico plan fundamental y las fórmulas triádicas. No nos hablan en términos abstractos de su naturaleza, su sustancia, persona, relación, circumincesión, misión, pero sí nos presentan en sus propias maneras las ideas que están detrás de estas condiciones. No nos dan ninguna formal, o doctrina formulada de la Trinidad, ninguna enseñanza explícita que en un Dios hay tres personas divinas co-iguales. Pero ellos sí nos dan un trinitarianismo elemental, los datos donde una doctrina formal de un Trino Dios puede formularse. (Págs. xv-xvi)

 

Los Apologistas fueron, en cierto sentido, los primeros teólogos de la Iglesia: el primer intento de presentar la doctrina de la trinidad y una explicación para satisfacer intelectualmente lo que es la relación de Cristo con Dios el Padre. Y así poder compartir las verdades que les pasaron a ellos los Apóstoles, ellos utilizaron la terminología y filosofía que estaban en ese entonces vigente, y en el proceso cristianizaron el Helenismo hasta cierto punto.  Ellos manifestaron una creencia en la unidad de Dios y en alguna clase de “divinidad de trinidad”, aunque todavía no tenían ninguna concepción de las “divinas personas” y la “naturaleza divina”.  Ellos identificaron a Cristo con Dios, con el Verbo, con el Hijo de Dios, pero parecían no contar desde la eternidad Su posición de hijo, sino desde el momento de la esa concepción pre-creada.  Empleando de ese modo una teoría de dos-fases del preexistente Verbo, para así explicar el estado divino del Hijo en su relación con el Padre, probablemente no comprendieron que esta teoría tenía incrustada un “principio de inferioridades” que les ganaría la imputación de “subordinacionistas”.

Orígenes, el más grande teólogo del Oriente, rechazó esta teoría de dos-fases y mantuvo la concepción eterna del Hijo. Pero para reconciliar la eternidad del Hijo con un estricto monoteísmo, él procedió hacer un armazón jerárquico platónico para el Padre, Hijo y Espíritu Santo, y terminó haciendo al Hijo y al Espíritu Santo no precisamente criaturas sino “dioses disminuidos”.


Y así se preparó el camino para Ario [Arrio], una de las figuras radicales en el desarrollo del dogma trinitario. La idea de un “dios disminuido” él la encontró repugnante. Él declaró, Cristo, debe de ser, o Dios, o una criatura.  Pero siendo que Dios es y debe ser no creado, sin origen, no engendrado, y el Hijo es y debe originarse y engendrase, Él no puede ser Dios sino debe ser una criatura. Y así la tendencia del subordinacionismo en los Apologistas y Orígenes llegó a su término final. (Págs. xvi-xvii)
 
Obviamente no hay ninguna doctrina trinitaria en los Sinópticos o los Hechos. Pero hay rastros del modelo triádico del Padre, del Hijo, y Espíritu Santo en ambos. En Lucas hay varios rastros de ello: en la narrativa del nacimiento (1.35), en la teofanía bautismal (3.22) y en la narrativa de la tentación (4.1-14). Al principio de libro de los Hechos leemos de Jesús y “el Padre” y “el Espíritu Santo” (1.1-6).  En el discurso de Pedro en Pentecostés hay una presentación deliberada de los Tres y sus actividades (2.33; 38-39). Y en unos cuantos otros pasajes es posible ver rastros del modelo triádico (9.17-20; 10.38).
  

En Mateo hay varios rastros de este modelo de la trinidad. Un rastro débil parece estar presente en la narrativa del nacimiento (1.18-23). Un rastro más claro es evidente en la teofanía bautismal (3.16-17). El modelo más claro de ésta a forma a ser encontrado en cualquier parte de los Sinópticos se reúne en el orden bautismal después de la resurrección (28.19). Si éstas son las mismas palabras de Jesús o si se derivan de una fórmula bautismal mas temprana basada en las enseñanzas generales de Jesús está abierto a discusión.  Pero es muy difícil ver cómo un intérprete contemporáneo pueda afirmar tan categóricamente que “esta fórmula nunca se usó por Jesús en su vida terrenal.” (5)  Ho cómo otros puedan decir tan absolutamente que, “Esta fórmula no tiene ninguna implicación doctrinal trinitaria.” (6) ¿Los evangelistas podrían poner al Padre, Hijo, y Espíritu juntos de esta manera sin insinuar o implicar que para ellos el Hijo y el Espíritu Santo son distintos al Padre pero están en el mismo nivel con el Padre, quién es obviamente Dios? ¿Realmente puede negarse que el escritor sagrado aquí está presentando a los tres a la misma vez en una tríada y una unidad? ¿Y si es verdad que el Evangelio de Mateo un Evangelio que es cuidadosamente planeado, no es sumamente significativo que él ponga esta fórmula triádica en el mismo final de su Evangelio, cuándo él pudo haber escogido poner otro final muy diferente?  Poniéndolo allí lo obliga a resaltar bien conspicuamente e indican que para él tenía muy grande, si no suprema, importancia. “Págs. 14-15”  

 
Sin embargo, a veces, Pablo presenta  la condición de hijo de Jesús como algo más que simplemente una electiva y funcional. Esto cuando él escribe que “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo” (Gál. 4.4), cuando él llama a este Hijo “su Hijo” (1ª Ts. 1.10), “a su propio Hijo” (Ro. 8.3, 32), cuando él nos dice que este Hijo es “su amado hijo... el es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación... todo fue creado por él y para él.” (Col 1.13, 15, 16) y agrega que Jesucristo “el cual, siendo en forma de Dios” (Fil. 2.6), en todo esto parece imposible ver sólo una condición de hijo electivo. Debe ser una condición del hijo eterna, que pone al Hijo en el mismo nivel divino como el Padre. La naturaleza divina, origen divino, y el poder divino atribuidos a Jesús no pueden ser frutos de una adopción. Por eso es que Pablo hace tan explícita la preexistencia de Cristo.  Para Pablo el título “Hijo de Dios” afirma la deidad de Jesús y lo diferencia del Padre, quién se denomina por el título de “Dios”. Y aquí, en todo esto Pablo no estaba proponiendo una idea que él se inventó. La iglesia percibió que un Padre eterno tenía que tener un Hijo eterno. (9) (Pág. 17) 

 
Pero hay todavía más, hay otra serie de textos que enérgicamente sugieren que el Espíritu Santo es una persona, ya que en ellos Pablo nos dice que el Espíritu: “guía”, “da testimonio”, “ayuda”,  “intercede”, “gime”,  “clama”, “se contrista” y “escudriña y conoce los pensamientos de Dios”  (Ro. 8.14, 16, 26; Gál. 4.6; Ef. 4.30; 1ª Co. 2.10,11).  Hay una misión doble del Hijo y el Espíritu de su Hijo (Gál.  4.4-6).  Hay textos triádicos que clasifican al Padre, el Hijo, y al Espíritu Santo que en cierto modo se entiende ponen los tres en un mismo nivel en lo que concierne a la divinidad, distinción, y personalidad (2ª Co.1.21-22; 1ª Co. 2.7-16, 6.11, 12.4-6; Ro. 5.1-5, 8.14-17; Ef. 1.11-14, 17).  Todas estas muchas acciones personales se le atribuyen al Espíritu en sus diversos contextos, y a él se presenta en tal cercanía paralelo con Cristo que es extremadamente difícil si no imposible atreverse a considerar al Espíritu como meramente una fuerza divina e impersonal o una personificación. (21) (Pág. 21)

Pablo tiene muchos textos triádicos que presentan a Dios (o al Padre), a Cristo (o al Hijo o el Señor), y al Espíritu, lado a lado, en fórmulas estrechamente equilibradas: “
un cuerpo, y un Espíritu,... un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. (Ef. 4.4-6); “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer... Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo”  (Gál.  4.4-6);  “...Dios nuestro Salvador... nos salvó, no por obras... sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, (Tito 3.4-6); “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo.” (1ª Co. 12.4-6).  (Págs. 21-22)

Pero en ocasiones se refiere, al parecer, al Hijo en Su preexistencia, en Su eterna actividad divina: “
De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre” (5.19); “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (5.26).  ¿Puede Juan pensar que el eterno Padre es mayor que el Hijo eterno?  A juzgar si él lo hace, “como el Padre es siempre superior en sí mismo, y el enviado es mayor que el que le envió.” (31)  El Concilio de Florencia mucho después dice: “Todo lo que el Hijo es, y todo lo que él tiene, él lo tiene del Padre” (Denz 1331). Y los teólogos más tarde instarán que esta relación de origen y dependencia dentro de la Deidad únicamente nos permite diferenciar las personas entre el Padre e Hijo quien posee la misma idéntica naturaleza, y en consecuencia esta dependencia del Hijo en el Padre no amenaza la unidad e igualdad de estas personas sino que la consagra y es la condición que nos permite concebirla. (Págs. 26-27)


En los Evangelios Sinópticos hay pasajes que podrían implicar que Jesús es Dios: Mt 1.23. (32) En los escritos de Pablo hay tres pasajes en que a Jesús fidedignamente se le llama Dios: Ro. 9.5, Tito 2.13, y Heb 1.8. (33) En los escritos de Juan hay dos pasajes en que a Jesús irrefutablemente se le llama Dios: Jn 1.18 y 1ª Jn 5.20. (34) Y hay dos pasajes en que a Él claramente se le llama Dios: Jn 1.1 y Jn 20.20. (35) Así; el Evangelio de Juan  no sólo le atribuye a Jesús funciones estrictamente divinas que lo pusieron al mismo nivel divino con el Padre, si no que también claramente lo llama Dios. Cuando este Evangelio inicia nos encontramos el cántico sublime de una Palabra que es Dios, y cuando cierra nos hacemos eco de las palabras de Tomás: “Mi Señor y mi Dios”. (Pág. 27)


La presentación más completa del Espíritu Santo se encuentra en los pasajes del
Consolador (14.16, 17, 26,; 15.26; 16.7-15), ningún otro pasaje en el Nuevo Testamento contiene esta enseñanza tan explícita. Él es el “otro Consolador” (14.16), “el Espíritu de verdad” (14.17; 15.26; 16.13), quién “mora con” los Apóstoles “al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce” (14.17). Es enviado por el Padre por razón de Jesús (14.16; 15.26), “el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre” (15.26). “el Consolador, el Espíritu Santo... os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (14.26). “él dará testimonio acerca de mí.” (15.26). Él los guiará en toda la verdad. . ., y os hará saber las cosas que habrán de venir. (16.13). “Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.” (16.14). Él estará “con vosotros para siempre” (14.16).

 

¿Qué es el Espíritu Santo en estos pasajes? Él no es simplemente una nueva acción del poder divino en el hombre o el Espíritu de Cristo que se perpetúa en las vidas de Sus discípulos. El Espíritu es una persona distinta al Padre y al Hijo, y Su realidad como una persona distinta se afirma aquí más explícitamente que en cualquier otra parte en el Nuevo Testamento.


 Que el Espíritu es distinto al Padre está bien claro, porque el es enviado por el Padre (14.26), dado por el Padre (14.16), y procede del Padre (15.26). Que el Espíritu es distinto al Hijo está igualmente claro, porque le envían “en el nombre del Hijo” (14.26), enviado por el Hijo (15.26), toma de lo del Hijo (16.14), y es “otro
Consolador” (14.16).

No puede haber realmente ninguna duda sobre la personalidad del Espíritu Santo aquí. Él no es meramente un don divino o un poder, ni Él es una metáfora para el propio Jesús.  Él es una persona tan viviente como el mismo Jesús y uno cuya acción es tan divina que Su presencia es, para los discípulos, ventajosamente reemplaza la presencia visible del propio Jesús. Tan claramente Juan considera el Espíritu Santo una persona que él utiliza un pronombre masculino para el Espíritu, aunque el pneuma griego es neutral. Lo que es más concluyente aun es la analogía entre el Espíritu y Jesús. La personalidad de Jesús es la medida de la personalidad del Espíritu Santo.  A ambos, hay ya sea que negarlos ó aceptarlos. Es como en los pasajes del Consolador que el Espíritu se presenta más característicamente por Juan, y Consolador quiere decir “Paracleto”, “Abogado”, “Intercesor”. Como el Consolador Él es el vivo, eslabón personal entre la Iglesia del tiempo de Juan y Jesús. (Pág. 28)

Al parecer no hay muchas dudas que Juan estuvo consciente del problema involucrado la relación misteriosa de Jesús y el Padre. Puesto que él hizo claro que Jesús, el Hijo unigénito, es uno con el Padre y es Dios así como lo es el Padre, y, sin embargo, el Padre envió al Hijo y es mayor que el Hijo.  Hasta qué punto él estuvo consciente sobre el problema de la relación del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo y con la Deidad no está claro.  Si bien Él no llama al Espíritu Santo “Dios”,  él lo considera divino y lo pone en el mismo nivel divino con el Padre y el Hijo en los pasajes del Consolador.  Más claro que los demás escritores del Nuevo Testamento él considera al Espíritu Santo como una “persona” distinta al Padre y al Hijo y es enviado por el Padre y por el Hijo.  Como ya se ha señalado “aunque con San Juan todavía estamos en la fase pre-dogmática de la enseñanza de la Trinidad, el dicho sobre el Consolador  llevan un grado de padre que cualquier otra escritura en el desarrollo de la doctrina en el NT de la Deidad. (37) (Pág. 30)
 
1. CLEMENTE


Los tres están clasificados en un juramento: “Como Dios vive, y el Señor Jesucristo vive, y el Espíritu Santo” (58.2). Los tres se mencionan en correlación con la misión de los Apóstoles: “estando lleno con la confianza debido a la Resurrección del Señor Jesucristo, y confirmados en la palabra de Dios, con la plena convicción del Espíritu Santo” (42.3). Los tres sobresalen en su posición relacionado a nuestro llamado en Cristo:  “¿Acaso no tenemos un Dios y un Cristo, y un Espíritu de Gracia derramado sobre  nosotros--un llamado en Cristo?” (46.6).  Aquí hay un rastro claro de la creencia en la trinidad, en donde la no dividida Trinidad es un tipo de unidad cristiana, y Basilio lo señalará después para demostrar que la Deidad del Espíritu Santo perteneció a la tradiciones más antiguas de la Iglesia (De Sp. S. 29.72). (P.38)

 

IGNACIO DE ANTIOQUÍA 


Para Ignacio Dios es Padre, y por “Padre” él principalmente quiere decir “Padre de Jesucristo”:  “Hay un sólo Dios, quien se ha manifestado a si mismo por medio de Jesucristo Su Hijo” (Magn. 8.2). A Jesús se le llama “Dios” 14 veces (Ef. insc. 1.1, 7.2, 15.3, 17.2, 18.2, 19.3; Trali. 7.1; Ro. inscr. 3.3, 6.3; Esmirn. 1.1; Polic. 8.3). Él es la Palabra del Padre (Magn. 8.2), “la aptitud del Padre” (Ef. 3.3), y “la boca a través donde verdaderamente el Padre habla” (Ro. 8.2). Él es “Su único Hijo” (Ro. inscr.), ‘engendrado y no-engendrado, Dios hecho hombre. . . el hijo de María e Hijo de Dios. . . Jesucristo Nuestro Señor. (Ef. 7.2). Él es el “que está más allá del tiempo, el Eterno, el Invisible quién se hizo visible por causa nuestra, el Impalpable, el Inmutable quien sufrió por nuestra causa” (Polic. 3.2).

 

Se ha dicho que Jesús para Ignacio “su condición divina de hijo se fecha desde la encarnación,” (5) y que él “al parecer, atribuye la condición de hijo divino de Jesús al hecho más bien que María lo concibió por obra del Espíritu Santo.”  (5) Si él fechó la condición de hijo divino de Jesús desde la encarnación ciertamente por eso él no negó Su preexistencia. Ya que él muy definitivamente declaró que Jesucristo: “desde la eternidad era con el Padre y por fin se nos apareció a nosotros” (Magn. 6.1) y que Él “vino de un Padre a quien Él pertenece y a quien Él retornó” (Magn. 7.2). Pero justamente cómo Él era distinto al Padre, siendo ambos Dios, Ignacio no nos lo dice. Quizás él; indica una respuesta cuando él dice que Cristo es el “pensamiento” del Padre (Ef. 3.2). (P. 39)

 

Ignacio no cita la fórmula bautismal que está en Mateo, pero él frecuentemente menciona al Padre, Hijo, y Espíritu Santo juntos. Él le insta a los Magnesianos a ‘estar ávidos... sean confirmados en los mandamientos de nuestro Señor y Sus apóstoles, para que “cualquier cosa que hagan pueda prosperar”... en el Hijo y Padre y el Espíritu’ (Magn. 13.2). Y en uno de sus más famosos pasajes él declara: ‘Como las piedras de un templo, cortadas para un edificio de Dios el Padre, ustedes han sido alzados a la cima por el cabestrante de Jesucristo que es la Cruz, y las cuerdas del Espíritu Santo (Ef. 9.1). Así aunque no hay mucho que remotamente se asemeje a una doctrina de la Trinidad en Ignacio, la ideología del modelo triádico está allí, y dos de sus miembros, el Padre y Jesucristo, claramente y a menudo se designan como Dios.

página 40 Hermas
página 41

Si nosotros leyéramos a Hermas para encontrar quién, ó qué era el Hijo de Dios, la situación queda igualmente confusa. En una sección él dice que el Hijo de Dios ‘es la ley de Dios, dada al mundo entero,’ y que ‘el gran y glorioso ángel Miguel... inspira la ley en los corazones de los creyentes’ (Sim.8.3)
 

Un poco después él agrega que el “Espíritu Santo es el Hijo de Dios”  (Sim. 9.1). ¿Pero si el Espíritu Santo es el Hijo de Dios, quién es el Salvador?  En Sim. 5.2 él parece ser el sirvo “fiel” en la viña del Señor, a quien el Señor propone premiar ‘dará la viña a otros’ haciéndole heredero junto con su Hijo (Sim. 5.2; el cv. Mr. 12.1-12). Si Cristo es ese siervo, como al parecer él indica, entonces Él es sólo un Hijo adoptado de Dios (Sim. 5.2.3). Porque junto a este Siervo-Hijo de Dios allí aparece un Hijo mas de Dios, a quien al Espíritu Santo se le atribuye la encarnación. (Sim. 5.6.5-7).

EL MARTIRIO DE POLICARPO

 
La Epístola de San Policarpo es débil referente a detalles doctrinales, pero el Martirio de Policarpo es muy rico en este respecto. (14)  En la tercera parte de este documento una doxología trinitaria precisa se pone en los labios del mártir agonizante: “Por esta causa, sí, y por todas las cosas, te alabo, y bendigo, y glorifico, por medio del Sumo Sacerdote eterno y celestial, Jesucristo, tu Hijo amado, por medio del cual, con El y el Espíritu Santo, sea gloria ahora y siempre y por todos los siglos. Amén.” (14.3).  Muy claramente esto implica una creencia en la deidad de Jesús y del Espíritu Santo, ya que la misma gloria se les atribuye a los tres. La deidad de Cristo se enfatiza de nuevo en los capítulos 17 y 18, lo que señala la diferencia entre la adoración que se le da a Jesucristo y el amor que es mostrado a los santos y sus vestigios. (p 42)

 

LA EPÍSTOLA DE BERNABÉ 


Dios es el creador del universo y del hombre (2.10) y es el verdadero Señor de todos los hombres (19.7)  A Él también se le llama “Padre” (2.9; 12.8) y “Maestro” (1.7; 4.3). Él ha enviado a Su Hijo Jesús para la salvación de los hombres (14.7). Jesús no es ningún hombre ordinario ni profeta.  Él es el “Hijo de Dios” y juez (5.7; 7.2.9). A Jesús muy frecuentemente se le llama “Señor”, aunque el mismo título se usa para Dios. Ambas, la deidad de Jesús y Su distinción del Padre se enfatizan.

 

Al tiempo que no hay ningún pasaje que sin ambigüedad se refiera al Espíritu Santo como una persona divina, hay varios que señalan en esa dirección,: “aquellos quienes el Espíritu del Señor vio de antemano” (6.14); “el Espíritu habla al corazón de Moisés” (12.2); “aquellos quienes el Espíritu preparó” (19.7).

No hay evidencia que Bernabé  identifica al preexistente Espíritu siendo el preexistente Señor e Hijo de Dios sino al contrario. Al Hijo él le atribuye las funciones divinas de la creación y el juicio, pero al Espíritu le atribuye la inspiración y la profecía. Así antes del nacimiento de Cristo ya había de Dios el Padre una trinidad, Cristo el Hijo de Dios y Señor, y el Espíritu del Señor. (16) (Pág. 42)

2º CLEMENTE

Esto no es una obra de Clemente el de Roma, ni es una carta de él, sino más bien es una exhortación al arrepentimiento y salvación. (17)  Dos pasajes se destacan, el verso de apertura: “Hermanos, debemos pensar en Jesucristo como Dios, como el Juez de los vivos y los muertos: (1.1); y la doxología concluyente;  “Al único Dios invisible, el Padre de la verdad, quien nos envió al Salvador y Príncipe de la inmortalidad, a través de quien también Él nos reveló la verdad y la vida celestial—a Él sea por siempre jamás la gloria. Amén” (20.5). Aquí nosotros tenemos una afirmación de la deidad de Cristo; y subsecuentemente a través de Cristo nosotros conocemos al Padre, a Cristo y al Padre claramente se distinguen.

 

Pero si Cristo y el Espíritu Santo son distintos no está tan claro. El capítulo 9 dice: “Si Cristo el Señor, quien nos salvó, siendo al principio espíritu, se volvió carne y así nos llamó.”  El capítulo 14 dice:  “Si decimos que el cuerpo es la Iglesia y el Espíritu es Cristo, entonces quien ha abusado del cuerpo ha abusado de la Iglesia. El tal, en consecuencia, no compartirá con el Espíritu que es Cristo” (14.3.4). Es posible que el 2º Clemente estuviese aquí confundiendo a Cristo con el Espíritu Santo, como lo hizo Hermas. (18)  Pero también es posible que por Espíritu él no quiso decir el Espíritu Santo sino más bien “el principio de la deidad”,  “las cosas que son de naturaleza divina”. (19)  Entonces, a diferencia de Hermas, el 2º Clemente no identifica al preexistente Cristo con el preexistente Espíritu Santo sino que simplemente enfatiza sobre la “naturaleza” divina de Cristo. (Págs. 42-43) 
 

Los Padres Apostólicos se quedan cortos de Pablo y Juan en su doctrina de Dios. Para todos ellos hay un Dios que es el creador, gobernante, juez, Padre del universo y en un sentido especial de Cristo.

Todos, exceptúe quizás Hermas, subscriben sobre la deidad de Cristo.  El 1º Clemente clasifica a Cristo con el Padre y el Espíritu Santo en un juramento. Ignacio llama a Cristo Dios 14 veces. En
la “Didaché” [Enseñanza de los Doce Apóstoles]

el Hijo es clasificado con el Padre y el Espíritu Santo en la fórmula bautismal, y en el Martirio de Policarpo Él le dar la gloria en igualdad con el Padre; y el Espíritu Santo. En la Epístola de Bernabé Él es el Señor de todo el mundo y preexistente con Dios en la fundación del mundo. El 2º Clemente dice que nosotros debemos pensar en Cristo como Dios. 

Los Padres Apostólicos no llaman al Espíritu Santo Dios, pero la mayoría de ellos debidamente indican su creencia en Su divinidad y diferente personalidad. Porque ellos lo clasifican con el Padre y el Hijo en un juramento y en la fórmula bautismal, le dan idéntica gloria con el Padre y el Hijo, y le atribuyen a Él la función estrictamente divina de inspiración. (Págs. 43-44)

JUSTINO

Justino es considerado el apologista más importante del 2º siglo (2)  En su “Primera Apología” él proporciona pruebas de la deidad de Cristo que están en las profecías del Antiguo Testamento. En su “Diálogo con el judío Trifón” él muestra que la adoración a Jesús no es contrario al monoteísmo. (Pág. 44)

 

A primera vista se ve que la relación del Verbo con el Padre parece ser bastante clara. ¿Acaso Cristo no es, para Justino, desde toda la eternidad el Verbo, e Hijo de Dios, y Dios, y numéricamente distinto al Padre?  Sin embargo, viéndolo más cuidadosamente, hay elementos que no están claros.  No está claro si el eterno Verbo es eternamente una persona divina distinta, como algunos eruditos piensan, (24) u originalmente un poder en Dios que sólo se vuelve una persona divina poco antes de la creación del mundo cuando Él emana para crear al mundo, como otros creen. (25)  Tampoco está claro si Justino sostuvo una concepción eterna del Hijo, como algunos mantienen, (26) o meramente una emisión “económica” del Hijo para ser el creador, como otros sostienen. (27) 

Que Justino consideró al Verbo como Dios y como el único Hijo de Dios antes de la creación está bien claro. Ahora si él consideró al Verbo como una “persona” divina distinta desde toda la eternidad es algo debatible. Y si él consideró al Verbo como eternamente el Hijo de Dios, el tema de una concepción eterna, es igualmente debatible.  


¿Justino entonces fue un s
ubordinacionista?  No, Él no era un subordinacionista en todo el sentido arriano del término, porque él no consideraba al Verbo e hijo como una cosa hecha, ni una criatura, sino como Dios nacido del Padre. Pero, como podría ser probable, el Verbo para él no fuese una persona divina desde la eternidad sino que sólo se convirtió cuando Él fue concebido como el Hijo de Dios poco antes de la creación para ser el instrumento del Padre de la creación y la revelación, entonces basándonos en eso el Verbo e hijo fue subordinado a Dios en tal caso ambos, es decir, Su persona, que entonces no sería eterna, y Su ministerio, uno que es instrumental. (Págs. 45-46) 

En varias ocasiones Justino clasifica las tres personas, a veces citando fórmulas derivadas del bautismo y de la eucaristía, a veces haciendo eco de la enseñanza del catequismo oficial. Él adoraba al Padre como el supremo en el universo; él adoraba al Verbo o Hijo como divino pero en segundo lugar; él adoraba al Espíritu Santo en tercer lugar. No obstante, él no tiene ninguna indiscutible doctrina sobre la Trinidad, ya que él no menciona nada de las relaciones entre sí de los tres con la Deidad. (Pág. 47)


TATIANO (110-172)

Tatiano era un discípulo de Justino. (30)  
(Pág. 47)

Tatiano partió aun más bruscamente que Justino sobre los dos estados del Verbo, inmanente y expresado. Antes de la creación Dios estaba solo. Entonces el Verbo fue inmanente en Él como Su potencialidad para crear todas las cosas. En el momento de la creación Él salió del Padre como Su obra primordial. Una vez nacido como “racionalidad del poder racional”, Él sirvió como instrumento del Padre creando y gobernando el universo, haciendo los hombres a la imagen divina (Orat. 5.1; 7.1-3). Es bien difícil para uno escaparse de la impresión que nos da Tatiano qué la creación del universo marca el principio de la existencia personal para la Palabra. (Pág. 47)

 

ATENÁGORAS

 

Él tiene varios pasajes trinitarios: “Afirmamos que Dios y Su Palabra o Hijo y el Espíritu Santo son un sólo poder. . . El Hijo, la Aptitud, Palabra, Sabiduría del Padre, y el Espíritu una emanación de Él como la luz que sale del fuego” (Súplica, 24); “nosotros. . . creemos en un Dios que hizo todas las cosas mediante Su Palabra y las sostiene unidas por el Espíritu que viene de Él” (Súplica, 6); “Realmente uno no puede menos que maravillarse al oír llamar ateos a los que admiten a un Dios Padre, y a un Dios Hijo y un Espíritu Santo, mostrando su potencia en la unidad y su distinción en el orden.” (Súplica,  10). Pero un texto se destaca: “...nos movemos sólo por el deseo de llegar a conocer al Dios verdadero y al Verbo que está en él, cuál es la comunión que hay entre el Padre y el Hijo, qué cosa sea el Espíritu, cuál sea la unidad de tan grandes realidades y la distinción entre los así unidos, el Espíritu, el Hijo y el Padre”. (Súplica,  12).

El interés con que él considera los problemas presentados por la relación del Hijo con el Padre y el Espíritu con el Padre y el Hijo es muy significativo. No hay ninguna mención de “esencia” o “persona”, pero hay más de una indicación de la posterior doctrina de la circumincesión. Aquí parece no sólo ser una trinidad “económica” sino indicaciones de una Trinidad inmanente eterna.  Haber llegado a tal aproximación antes del año 180 sobre el dogma trinitario que surgió posteriormente es muy trascendental y marca un gran adelanto en el desarrollo del pensamiento trinitario. (Pág. 48-49)


TEÓFILO DE ANTIOQUÍA

Donde Justino identificó la sabiduría con el Verbo, Teófilo identificó la sabiduría con el Espíritu, y el Espíritu de Dios o la sabiduría emitida de Dios antes que el mundo fuera hecho, así como lo hizo la Palabra (Autólico 2.10). En la próxima frase la Palabra parece identificada con el Espíritu, pero un poco más adelante reaparece una distinción. Para Teófilo, así como para otros escritores de su tiempo, el Espíritu es el Espíritu de profecía (Autólico 1.14).

 

Teófilo fue el primero que aplicó el término “trinidad” (trías) para referirse a la Deidad, declarando que los tres días que precedieron la creación del Sol y la Luna era un tipo de la “trinidad”, es decir, “de Dios y de Su Palabra y de Su Sabiduría” (Autólico 2.15). Pero él estropea el efecto agregando: “el cuarto día encuentra su antitipo en el Hombre, quien está en necesidad de luz; así conseguimos la cadena, Dios, la Palabra, la Sabiduría, el Hombre” (Ibíd.). Su doctrina trinitaria todavía era un lamento muy lejano de lo que fue la precisión de formulaciones dogmáticas posteriores.  (Págs. 49-50)

En los apologistas vemos la creencia en la unidad de Dios y en una trinidad de divinas “personas”, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, aunque aun así no había una concepción precisa de lo que es una persona divina distinta y una naturaleza divina. Hay una identificación de Cristo con el Hijo de Dios, con el Verbo y con Dios.


Al verbo ellos le atribuyen una preexistencia divina que es antes de la creación además de ser estrictamente eterna. ¿Ellos concibieron esto como una existencia personal distinta del Verbo?  Hasta cierto punto ellos lo concibieron, porque vieron al Verbo eterno como Alguien con quien el Padre podía comulgar y podría tomar consejos. Probablemente nada más podía esperarse en esta fase tan temprana del desarrollo teológico cuando los conceptos de persona y naturaleza hasta ese momento estaban indefinidos.

¿Si Dios debía tener Su Verbo desde la eternidad, en tal caso Él debería también tener Su Hijo?  Después la teología y el dogma dirán inequívocamente que sí. Pero los apologistas no están muy claros sobre este punto y más bien parecen decir que no. Para ellos, si el origen del Verbo de Dios es eterno, la concepción del Verbo como el Hijo parece más bien ser antes de la creación pero no algo que fuera eternamente así, y se efectúa por la voluntad del Padre.  Esta perspectiva, si se compara con la teología y el dogma posterior, acentuaría una subordinación o “minoración” del Hijo de Dios. Precisamente ésta subordinación del Hijo no era la intención formal de los apologistas. Su problema era cómo reconciliar el monoteísmo con su creencia en la deidad de Cristo y con el concepto de Su condición de hijo divino que ellos derivaron del Antiguo Testamento.  Ya que en sus mentes Pr. 8.22 y otros textos parecían precisamente no atribuir a Cristo un origen eterno sino una concepción antes de la creación con el propósito de la creación.  Así que, ellos le atribuyeron a Cristo el título y la realidad del Verbo divino desde la eternidad, y al Verbo el título y la realidad de Hijo divino no desde la eternidad sino desde el momento de ésta concepción antes de la creación. 

 

Los apologistas contribuyeron mucho menos en cuanto al Espíritu Santo, aunque Justino y Atenágoras intentaron encontrar un lugar para el Espíritu en la teología de la Iglesia. Justino frecuentemente clasificó al Espíritu Santo con el Padre e Hijo en las fórmulas bautismales y la eucaristía.  Atenágoras consideró al Espíritu Santo como “una emanación de Dios”.  Teófilo identificó al Espíritu Santo con la Sabiduría y armonizó “a Dios y Su Palabra y Su Sabiduría”.  Pero aparte de atribuirle al Espíritu Santo la inspiración de los Profetas, los apologistas parecen haber sido muy vago sobre Su función en la obra de salvación, y aún más vagos sobre Su relación con el Padre e Hijo dentro de la Deidad. En ocasiones ellos tuvieron la tendencia a confundir el uso del “Espíritu” para expresar la naturaleza preexistente de Cristo, en lugar del nombre de la Tercera Persona de la Deidad. Pero ninguno de ellos habló del Espíritu de Dios como una de las criaturas.
 
Hay muchos otros pasajes trinitarios muy bien definido por los apologistas que el de los Padres Apostólicos. Teófilo fue el primero en hablar de la “trinidad de Dios y de Su Palabra y de Su Sabiduría”. Cuatro veces Justino da la fórmula: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, y en otras partes él dice que los cristianos honran a Jesucristo en segundo lugar después de Dios y al Espíritu profético en tercer lugar.  Atenágoras tiene uno de los pasajes trinitarios más claros: “
los que admiten a un Dios Padre, y a un Dios Hijo y un Espíritu Santo, mostrando su potencia en la unidad y su distinción pero con un orden.” (Súplica, 10). Los apologistas no toman el camino del sabelianismo de una trinidad meramente nominal de personas pero sostienen a una distinción real de los tres, una distinción que no es en nombre solamente, no sólo en pensamiento sino también en número. Ellos basan su distinción en categoría u orden. Ellos comprenden que hay un problema trinitario e intenta resolverlo para el Hijo en término del Verbo eterno, para el Espíritu Santo en término de “una emanación de Dios”. (Págs. 49-51)

 

CLEMENTE

Verbo–Hijo 

El Verbo de Dios o el Hijo es Su imagen e inseparable de Él, es Su aptitud o racionalidad. El Verbo encarnado como Verbo retiene la trascendencia que Él tiene en común con el Padre, y aquí Clemente va más allá que Justino y los apologistas quienes basaron la posibilidad de una misión del Verbo en Su trascendencia disminuida. En la encarnación el Verbo, el Mismo se trasciende (Str. 5.39.2; 16.5), sin hacerse doble por eso. Él es uno y el mismo quién fue engendrado por el Padre en la eternidad y quién se hizo carne (Exc. Teod. 7.4; 8.1).  En un pasaje muy notable (Quis div 34.1-4) Clemente ve en el Padre “amor al original en la concepción del Hijo”. (38)  Clemente claramente identifica a la persona preexistente del Verbo con el Cristo histórico, pero como los demás escritores primitivos deja inexplicado la relación entre la concepción interna del Verbo en Dios desde la eternidad y su concepción de la encarnación en el tiempo. 

 

El sistema de Clemente y el pensamiento religioso se centra sobre el Verbo. El Verbo es el creador del universo. Él manifestó a Dios en la Ley del Antiguo Testamento, en la filosofía de los griegos, y finalmente en Su encarnación. Él no sólo es el maestro del mundo y el divino legislador sino también el salvador de la raza humana y el fundador de una nueva vida que empieza con la fe, se mueve al conocimiento y contemplación, y lleva a través del amor y caridad a la inmortalidad y la apoteosis. Como Verbo encarnado Cristo es Dios y hombre, y a través de Él nosotros resucitaremos a la vida eterna (Prot. 11.88.114).

Ha sido la opinión general de los eruditos (39) que Clemente afirma directamente la concepción eterna del Hijo, y hay mucha evidencia sólida respecto a esto.  Debido a que Clemente dice del Hijo qué: “Él es totalmente la aptitud, totalmente la luz del Padre” (Str. 8.2.5); Que Él es el “Hijo eterno” (Prot. 12.121); Que, Su concepción del Padre no tiene principio, porque “el Padre no está sin Su Hijo” (Str. 4.162.5; 5.1.3), “el Padre [no puede] existir sin el Hijo” (Str. 5.1.1); Que, Él es esencialmente uno con el Padre debido a que el Padre está en Él y Él está en el Padre (Paed. 1.24.3); Que, Él es verdaderamente Dios como lo es el Padre, debido a que a ambos se les ofrecen oraciones y los dos son uno y el mismo Dios (Paed. 1.8, 7,; Str. 5.6; 7.12). De hecho, Clemente enfatiza tanto en la unidad del Padre e Hijo que él a veces parece estar muy cerca del Modalismo (Paed. 1.8). (pp 52-53)

Trinidad 

Clemente conoce y adora la Trinidad. Él la llama un:  “misterio maravilloso. Uno es el Padre de todos, y uno también es el Verbo de todos, y el Espíritu Santo es uno y el mismo en todas partes” (Paed. 1.6.42.1).

 

Algunos eruditos han visto en sus escritos rastros de un subordinacionismo, y en algunos pasajes parece haber fundamento para esa acusación que él subordinó el Hijo al Padre y le hizo una criatura (str. 4.25; 7.1; 7.2; 8.2.5). Pero en todas las demás partes nosotros encontramos una negación a la subordinación, porque él nos dice que el Hijo se concibe “sin principio”, y es “verdadero Dios sin controversia, igual al Señor del universo, ya que Él era Su Hijo” (Prot. 10.110.1), está en el Padre como el Padre está en Él, así que ellos son uno y el mismo Dios (Paed. 1.62.4; 1.8, 7,; Str. 5.6).  Parece mejor concluir, que la teología de Clemente todavía estaba lejos de ser un sistema ya finalizado y, por consiguiente, incluye elementos que él aún no los ha llevado a una armonía apropiada. (41) (Pág. 54) 

ORÍGENES

Verbo–Hijo 

En el ápice de su sistema Orígenes sitúa a Dios el Padre. Él solo es Dios en el sentido estricto (Jo. 2.6; Princpiis. 1.1.6). Para mediar entre Su unidad absoluta y la multiplicidad coeterna del ser espiritual traídos a existencia por Él, Él tiene Su Hijo, Su expresa imagen. El Padre engendra al Hijo por un acto eterno, y el Hijo procede del Padre no por un proceso de división sino de la manera que la voluntad procede de la razón: 

(Pág. 55)

 

Varios puntos sobresalen en estos pasajes que tendrían una inmensa influencia más tarde en la teología trinitaria. El primero es, la afirmación bien definida de la concepción eterna del Hijo: “Es una concepción eterna e incesante, como se concibe el resplandor de la luz” (Princ. 1.2.4); “el Padre no concibe al Hijo y luego lo desahucia después de que Él fue concebido, sino que Él siempre está concibiéndolo” (Hom. 9.4 en Jer.). Esto significa un rechazo definitivo a la teoría de dos fases sobre el preexistente Verbo. Y cuando Orígenes dice: “nunca hubo un tiempo cuando el Hijo no era”, ésta es una negación anticipadora de un principio básico arriano de que “hubo un tiempo cuando el Hijo no era”.  El segundo punto es la procesión del Hijo de la aptitud del Padre, como “procede de su entendimiento”.  Aquí está una de las presentaciones más tempranas de una procesión intelectual inmanente del Hijo y del Padre que excluye toda materialidad del Padre y el hijo y marca una línea de pensamiento que alcanzará su cresta en la teología de Aquino. El tercer punto es la aparición de la palabra “homoousios”. Si el texto es auténtico, entonces allí “parece no haber ninguna razón poderosa por qué no debe estar”, (43)  Orígenes aquí está siendo el primero en usar la palabra ‘Homoousios’ hablando de la relación básica del Hijo con el Padre. ¿Qué quiso él decir con “consubstancial”?  Básicamente ‘Homoousios’ significa “del mismo material” o “sustancia”. (44)  Sin embargo, “de la misma sustancia”  podría significar “genéricamente de la misma sustancia” o “idénticamente de la misma sustancia”. En la teología más tarde “consubstancial” significará que el Hijo es “idénticamente de la misma sustancia como el Padre”, posee la misma sustancia idéntica que el Padre, y así es Dios en el sentido más estricto idéntico al Padre. Pero bajo la luz de Orígenes por subordinacionismo, parecería que él entendió a consubstancial sólo en el sentido genérico, aunque su monoteísmo debe apuntar hacia la “Identidad de sustancia”.

 

¿Era Orígenes un subordinacionista?  La respuesta debe ser ambas, sí y no. Él no era un subordinacionista en todo el sentido arriano, ya que él nunca consideró al Hijo como una criatura, producido de la nada de tal manera que hubo un momento cuando el Hijo no era. Verbalmente él llamó a veces al Hijo una criatura (ktisma) y creado, pero sólo porque él, así como muchos otros entendían a Pr. 8.22 destinándolo al Hijo.  No obstante, él siempre enseñó que el Hijo se emitió del Padre por vía de la concepción eterna unitiva y no por vía de una producción separativa “ad extra” (hacia fuera),

Espíritu Santo 


Lo que más perturbó a Orígenes fue el origen del Espíritu Santo: Él nacería como el Hijo ó fue creado (Princ. praef. 4.3). Debido a “que todas las cosas fueron hechas” por la Palabra, el Espíritu Santo también debe ser Su Obra (Jo. 2.6). Orígenes tenía razón por qué estar perturbado, ya que él estaba enfrentándose a uno de los aspectos más profundos del misterio trinitario, el eterno origen y la distinción del Hijo y del Espíritu Santo. En un pasaje: “Dios el Padre de quien ambos, el Hijo nació y el Espíritu Santo procede” (Princ. 1.2.13). Orígenes expresó el origen del Espíritu Santo como procesión del Padre, como San Juan lo había expresado y en la Iglesia griega continuarían expresándolo. Pero en otras partes él vio sólo dos posibilidades reales para el Espíritu Santo, que él nació ó que Él fue hecho. Él no podía aceptar el origen del Espíritu Santo como una concepción, y por eso escogió ver al Espíritu Santo como “hecho por el Padre a través del Hijo” (Jo. 2.6). Él estaba acercándose tenebrosamente a un tercer tipo de origen que no es ni la concepción ni la creación, al que luego se le llamaría “
aspiración” por el Concilio de Lyón  (Denz 850).  (Pág. 57)

 

Trinidad 


Orígenes es trinitario en pensamiento: “Nosotros, sin embargo, estamos persuadidos que hay realmente tres personas [treis hypostaseis], el Padre, el Hijo y Espíritu Santo” (Jo. 2.6). Para él “las declaraciones hechas respecto al Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo serán entendidas como trascendentes en todo tiempo, en todas las edades, y por toda la eternidad” (Princ. 4.28), y no hay “nada que no haya sido creado,
exceptuando la naturaleza del Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo” (Princ. 4.35). “Es más, nada en la Trinidad puede llamarse mayor o menor” (Princ. 1.3.7).

 

Otros escritores antes de Orígenes habían considerado a los tres como distintos, pero después ellos vieron esta distinción como una manifestación en economía.  Sin embargo, Orígenes, mantiene claramente que cada uno de los tres es una hipóstasis distinta, un individuo existente desde toda la eternidad y no una manifestación en economía. Ésta es directamente una de sus más importantes contribuciones a la teología griega y emana de su creencia en la concepción eterna del Hijo. (Pág. 58)

Será útil recapitular el fluir del pensamiento trinitario hasta ahora, para así ver en qué estado estaba en la víspera del conflicto de Nicea lo que jugaría una tremenda parte en el posterior desarrollo del pensamiento y el dogma trinitario.


En las escrituras del Nuevo Testamento a Jesús se le llama el “Hijo de Dios”, “Señor”, y “Palabra” y se le asignan las funciones divinas de la creación, la salvación, y el juicio. Se decía explícitamente que él era Dios y estaba con Dios desde la eternidad, que era uno con el Padre y estaba en el Padre.  Aunque al Espíritu Santo no se le llamó explícitamente Dios, no obstante  frecuentemente a Él se le pone en el nivel con el Padre e Hijo en lo que se refiere a su divinidad y personalidad. A Él se le asignó las funciones divinas de inspiración, vivificación, justificación y santificación. No había una doctrina formal de un Dios en tres personas asemejes, no obstante, los elementos de esta doctrina sí estaban allí.
 
Los Padres apostólicos mantuvieron que había sólo un Dios. Ellos afirmaron la deidad y la persona distinta de Cristo muy claramente, pero en cuanto al Espíritu Santo fueron menos claros. Ellos no ofrecieron una doctrina trinitaria y no vieron ningún problema con la trinidad.

Los apologistas fueron más lejos. Ellos afirmaron que Dios es uno pero también triádico. A Cristo ellos le atribuyeron deidad y personalidad explícitamente, al Espíritu Santo sólo implícitamente. Para intentar expresar la relación misteriosa de Cristo con Dios, ellos usaron el concepto de la preexistencia del Verbo de algún modo originándose e inseparable de la Deidad, cual se concibió o emitió para propósito de la creación y revelación. Así ellos tuvieron lo que se llama una “teoría de dos-fases del preexistente Verbo”, o un Verbo ‘Endiathetos’ y un Verbo ‘Prophorikos’.  Pero describiendo el origen del Verbo-Hijo, ellos en ocasiones presentaron la personalidad del Verbo y la concepción del Hijo tan obscuramente que dejaron la fuerte impresión que el Verbo-Hijo era una persona divina pero no eterna, un Dios disminuido drásticamente subordinado al Padre. Pero ellos no fueron tan lejos como llegaron luego los arrianos y hicieron al Hijo sólo una criatura y una adopción de hijo por Dios. 

Los Alejandrinos hicieron contribuciones más allá al desarrollo del pensamiento trinitario. Clemente afirmó que hay un Dios y adoró la trinidad compuesta del Padre, la Palabra, y al Espíritu Santo. Aunque él tiene algunos pasajes s
ubordinacionistas, su doctrina general es que el Hijo se concibió eternamente por el Padre y es uno y el mismo Dios simultáneamente con el padre. Pero cómo los tres son uno y el mismo Dios él no nos lo explica.


Orígenes mantuvo la concepción eterna del Hijo y por eso abandonó “la teoría de dos fases del preexistente Verbo” y la sustituyó “por la teoría de una sola fase”. (49)

Mientras otros escritores habían hablado de los tres, ellos no habían contestado la pregunta, “¿Cómo tres?” Orígenes la contestó diciendo que ellos eran “tres hipóstasis” (Jo. 2.6), y así parece haber sido el primero en aplicar la Trinidad, esta palabra que la teología griega finalmente la aceptó como la descripción técnica de lo que los Latinos llamaron la ‘personae’ de Dios. (50)  Él también hizo claro que éstos tres hipóstasis no sólo eran ‘económicamente’ distintos, pero esencialmente y eternamente.

En algunos de sus comentarios (Núm. 12.1; Lev. 13.4) él aparentemente aplica “la concepción de un solo ‘ousia’ a la divina tríada” y contiende que hay “una sola sustancia y naturaleza en la tríada”, (51) y en un pasaje él parece decir que el Hijo es ‘Homoousios’ con el Padre. Pero él probablemente quiso decir que Él sólo era genéricamente, no idénticamente, consubstancial.

Hasta cierta parte Orígenes era s
ubordinacionista, ya que hizo un esfuerzo por sintetizar el monoteísmo estricto con un orden jerárquico platónico en la Trinidad que podría tener —y tuvo— sólo un resultado subordinacionista. Él abiertamente declaró que el Hijo era inferior al Padre y el Espíritu Santo al Hijo. Pero él no era un subordinacionista arriano como tal ya que él no hizo al Hijo una criatura ni una adopción del hijo por Dios.

El obispo Dionisio de Alejandría hizo una notable, e imprevista, contribución al desarrollo de la crisis al traer la prominencia de  tres desviaciones trinitarias básicas que se conocen históricamente como Sabelianismo, Subordinacionismo, y Triteísmo, y la necesidad urgente de conceptos, términos, y distinciones trinitarios precisos. Su encuentro con el Papa de Roma también encendió una luz fuerte sobre el término ‘Homoousios’ que pronto ocuparía el centro del escenario en Nicea. (Págs. 59-61)

Algunos eruditos mantienen que el arrianismo, aunque primero se instruyó en Alejandría, fue de Antioquía en lugar de una herejía de Alejandría, muy poco fue lo que se derivó de Orígenes, menos que Pablo de Samosata y Luciano de Antioquía. (1)  Las doctrinas reales de Pablo y Luciano son demasiado obscuras para confirmar esta denuncia. Aunque no conocemos prácticamente nada de la doctrina de Luciano, tenemos el testimonio de San Epifanio (Haer. 76.3), San Alejandro de Alejandría (Tdt. Hist. eccl. 1.4), y, parece, que del propio Ario (Ibíd. 1.5.4) de aquí hubo una relación íntima entre el arrianismo y Luciano.  La naturaleza de la teología de Pablo no está clara, pero los eruditos consideran que surgió del “monarquianismo” y del  “adopcionismo”. (2)  El Concilio de Antioquía, que condenó a Pablo en el año 268, también condenó el uso de la palabra ‘Homoousios’ por razones que no están claras. (3)  Menos de diez años antes se había criticado a este Dionisio de Alejandría por no utilizar esta palabra. Cincuenta años después Nicea canonizó éste mismo término.


Si el arrianismo se derivó del subordinacionismo en lugar del monarquianismo,(4) y probablemente fue así, entonces esto atrajo gran apoyo por Orígenes y los apologistas. Estos escritores habían enseñado ambos, la deidad del Hijo y Su subordinación al Padre, pero sin hacer una criatura al Hijo.  Ellos habían sostenido que el Hijo era verdaderamente Dios pero inferior al Padre, convencidos que sólo así se podría mantener la monarquía divina. Ahora los teólogos iban a verse obligados a determinar la compatibilidad de estas dos proposiciones, “verdaderamente divino” y, sin embargo “inferior”, y para decidir de una vez por todas si el Hijo era Dios o una criatura. Pero si Él fue “verdaderamente divino”, entonces Él era consubstancial con el Padre; y si Él no era estrictamente consubstancial con el Padre, entonces Él era una criatura. Los días de un Dios “inferior”, un Dios “disminuido” ya se estaban agotando.

 

El que obligaría a los teólogos a tomar esta decisión y en cierto sentido obligar a la Iglesia definir el estado divino del Hijo y Su relación con el Padre fue Ario. (Págs. 62-63)

ARIO

El principio básico del sistema de Ario era simple. Dios debe ser y es increado, ingénito, sin origen. La conclusión inmediata es una simple pero devastadora: ya que el Hijo es engendrado por el Padre, Él no es Dios sino sólo una criatura.

 

Para Ario hay sólo un Dios. Él solo es ingénito, eterno, sin principio, verdadero Dios. Él no puede comunicar Su ser o su sustancia ya que esto implicaría que Él es divisible y mudable. Si algo más ha de existir, debe llegar a la existencia no por ninguna comunicación de Dios sino por un acto de creación que lo produce de la nada (Ep. Alej. en Ah. De syn. 16).

 

“Dios se resolvió a crear el mundo, y por lo tanto Él creó primero a un ser superior, que nosotros llamamos el Hijo o Palabra, destinado para ser el instrumento de la creación. El Hijo ocupa un lugar intermedio entre Dios y el mundo, porque Él ni es Dios ni parte del sistema mundial. Él está antes de todas las criaturas y el instrumento de su creación” (Tal. en At. C. Ar. O. 1.5). (Pág. 63)
 

Aunque Él es una criatura, el Hijo es el autor inmediato de la creación. Él también es el agente de la redención, y para este propósito Él se hizo carne. Él no puede comprender el Dios infinito: “El Padre permanece inefable para el Hijo, y la Palabra ni puede ver ni puede conocer al Padre perfectamente y con precisión... pero... proporcionado a Su capacidad, así como nuestro conocimiento se adapta a nuestros poderes” (Ah. Ef.Aeg. Lib. 12).  Si a Él se llama “Dios” y “Hijo de Dios”, es sólo por la participación en gracia que a Él se le designa (Ah. C. Ar. 1.5,6). (Pág. 64)

La cristología del Nuevo Testamento era principalmente funcional, intentando demostrar lo qué Jesús como el Hijo, Señor, Salvador, la Palabra, el Mesías ha hecho por nuestra salvación.  No definió explícitamente lo que Jesús ‘es’, lo que Su relación con el Padre ‘es’.  Ario cambió el estado escrito de la pregunta y preguntó dónde el Hijo ‘es’ Dios o no.  Él puso su pregunta y respuesta no en categorías funcionales sino en categorías ontológicas de Creador y criatura, de ser y sustancia.  Esto era legítimo, ya que estas categorías ontológicas “son escritos innegables. Si el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento afirman algo en lo absoluto, ellos sí afirman, que el Creador ‘es’ Dios, y una criatura ‘es’ una criatura. Estas dos categorías, el Creador y criatura, son clasificaciones de ser.” (7)

 

Para Ireneo no hay duda alguna que Jesús es Cristo, es el Salvador, es el Hijo de Dios y la Palabra de Dios, el Señor y Dios: “Por consiguiente, no fue el Cristo quien descendió sobre Jesús; ni uno es el Cristo y otro Jesús. Sino que el Verbo de Dios, el Salvador de todos y Señor del cielo y la tierra, es Jesús (como arriba expusimos), el que asumió la carne y fue ungido del Padre por el Espíritu, y este Jesús fue ungido como Cristo... Porque, en cuanto el Verbo de Dios se hizo hombre, era el hijo de la raíz de Isaí; y según ello el Espíritu de Dios reposaba sobre él y era ungido para evangelizar a los humildes; en cambio, en cuanto era Dios,” (Herejía. III.9.3). Él declara que: “Este es el conocimiento de la salvación; pero no se trataba de otro Dios, ni de otro Padre, ni del Abismo, ni del Pléroma de treinta Eones, ni de la Madre Ogdóada; sino que el conocimiento de la salvación era conocer al Hijo de Dios, el cual es de verdad Salud, Salvador y Salvación: Salud... También es Salvador por ser Hijo y Verbo de Dios... Este es el conocimiento de la salvación que Juan predicaba” (Herejía III. 10.3). Él insiste que Cristo así como el Padre son Señor y Dios: “a ningún otro se le llama Dios o Señor, sino al que es Dios y Señor de todas las cosas... y también a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo,” (Herejías. III. 6.2); “Y que hizo todas las cosas... fueron creados por el Dios que está sobre todas las cosas, y hechos por mediación del Verbo... de modo que a aquel solo, que hizo todas las cosas con su Palabra, se le llame Dios y Señor.” (Herejías III. 8.3); “Y como, el Padre es en verdad Señor, y el Hijo es en verdad Señor... Aquí el Espíritu los llamó a ambos con el nombre de Dios: tanto al Hijo, el ungido, como al que unge, el Padre... la Iglesia... es la sinagoga de Dios, la cual Dios, me refiero al Hijo, ha reunido por sí y para sí mismo.” (Herejías III. 6.1). (Pág. 103)


Del modo que la ‘palabra “tríada”, refiriéndose a la deidad, primero surge con Teófilo’ (28) en el Oriente, asimismo en el Occidente la palabra “trinidad” [trimurti] primero surge con Tertuliano. (29) Precisamente él escribe: “si el número de la Trinidad todavía le ofende...” (Adv. Práx. 12), “una unidad que emanó de sí misma una trinidad no se asoló sino se administró por sí misma” (Ibíd. 3); “de la misma manera la Trinidad, procediendo... del Padre... no perturba en nada la Monarquía, mientras conserva la calidad de economía” (Ibíd. 8); asimismo en estos textos (Is. 42.1; 43.1; 45.1; 49.6; 61.1; Sal. 3.1; 71.18; 110.1; Jn. 12.32; Ro. 10.16) la individualidad de la Trinidad se expone claramente: porque allí el Mismo Espíritu es quién hace la declaración, al Padre quien lo hace, y al Hijo, a través de quien lo hace, (Ibíd. 11). Nuevamente él escribe sobre la “trinidad de la deidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo” (del pud. 21). (Pág. 112)

 

Donde Ireneo rechazó la teoría en dos fases del Verbo, Tertuliano parece haberla aceptado y así haber afirmado la creación antes de los tiempos pero no la concepción eterna del Hijo de la misma sustancia divina del Padre.  Por lo tanto, si la eternidad es la norma de divinidad, el Hijo entonces no sería divino, pero, si la posesión de la misma sustancia divina del Padre es la norma, como así parece ser para Tertuliano, entonces el Hijo es divino y es Dios.  Tertuliano va más allá que Ireneo expresando claramente la divinidad del Espíritu Santo, porque él dice que el Espíritu Santo: “procede del Padre a través del Hijo”, “es tercera persona con Dios y Su Hijo”, “es un Dios con el Padre y el Hijo”, y “es Dios”. Tertuliano es el primero en el Occidente en usar la palabra ‘trinidad’ y él indica muy claramente que la “trinidad de una deidad”  no es sólo una trinidad económica sino también una trinidad inmanente.  Él es el inicial, si no uno de los primeros, en usar el término ‘persona’ para los tres y él parece expresarlo no en el sentido jurídico de un poseedor del título sino en el sentido metafísico de un individuo concreto, con idiosincrasia. Cuando él frecuentemente dice que los tres son “uno en sustancia”, él parece entender por  “sustancia divina” una forma rarificada de materia espiritual. Muchas de las afirmaciones de Tertuliano sobre el Hijo aparecen  después en los Símbolos de Nicea, tales como éstos: “el Hijo es de la sustancia Padre”, es “uno en sustancia con el Padre”, es “unigénito”, es “Dios de Dios”, es “luz de luz”. Sus principales defectos doctrinales se deben a su perspectiva materialista de la sustancia divina y su aceptación de la concepción no eterna del Hijo. Aunque tiene estos defectos doctrinales sobre su perspectiva materialista de la sustancia divina y su aceptación de la concepción no eterna del Hijo. No obstante, sus contribuciones doctrinales dejan bien atrás estos defectos muy lejos y merecidamente lo reivindican a él con el título de fundador de teología latina.  (Págs. 114-115)

 


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